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jueves, 28 de junio de 2007

Germán Rosati


















En el oeste solo se escucha cumbia

que inunda las calles de terracota seca
como un maremoto de vaselina.

Hay asado sobre el carbón
pero el fuego más intenso
esta en el centro de la pista improvisada
donde una multitud de parientes
maceran sus enjundias
en el aroma dulcineo de esos ritmos acompasados.

Primitas pendenciosas que bailan solas
y se van arrebatando de a poco
a medida que pasan
copiosas copas de los brindis incontables
ponderan a la parentela
pero pierden el rastro a la altura del padrino.

La abuela, entretanto, se presta gustosa
a esos maravedíes de maravilla
que le muestra el viejo Fierro.
Y ahí nomás arrancan las justas familiares
inauguradas de nuevo por mi abuelo
con un sopapo soberano aterrizado justo
en la mejilla de Don Fierro
que se había figurado fintearle finito a ese zarpazo filoso.

Se cansa Fierro, se le nota
en esa cara vivorosa
capaz de avinagrar el vino más picado.
Se trenzan de nuevo, retorciéndose hasta la contorsión
y Fierro honra su nombre
pelando un cañón de calibre considerable
y con dos bombazos al aire termina
lo que no había empezado.

Que el limo tierno no te tronche

el cuerpo cuando resbales
sobre la arena
por el agua transparente
y que no escupa sobre tu cara
abarrotándose como una explosión de maquillaje.

Que la tormenta no desparrame tu cabeza
del odre de tus hombros
para beber el vino de las brevas.

No amaine la marea
que va inundando los meandros
de tu blusa magenta
y si acaso el viento campea
entre tus piernas opalinas
tratá que no florezcan
setas húmedas
en la hondonada de tu ombligo.

Lola, no es mi culpa que no sepas maquillarte

que el rouge sea una tormenta tropical
desbordando lagunas en tu cara.

Lamento que no puedas morderte la lengua
a riesgo de envenenarte con esa rabia
y estés obligada
a lamer tus propias palabras
a degustarlas como un chicle sin sabor.

A veces, la sombra de tus párpados envuelve
en una niebla o tela o nube o polvareda negra
a quien intenta mirarte a los ojos.

Ese lunar ubicado justo
en el camino de tus lágrimas
impide que llores, a menos que sea
absolutamente necesario.