viernes, 22 de agosto de 2008

Diana Bellessi


















Octava en la corona

Dulce escapa entre los dedos de gris
herido el día último de febrero
llevando su abierto grial a cuestas
de donde espléndidas manan las gotas
del verano en fuga y el cuerpo entero
se va tras ellas pero el alma en cambio
demorada o tontuela se retrasa
en la pena de verlo otra vez partir

y así como si fuera hoy para siempre
bebe la sangre y no la miel ardida
que sus labios ofrecen por saber
de las horas ya vividas el zumo
más dulce y la sombra más oscura
hasta ser pura ofrenda derramada
en las hojas que viran al granate
o en las últimas flores del verano

que se abren delicadas con sin par
belleza diurna vuelta por la noche
su materia algo frágil y espectral
como reuniendo acaso luz y sueño
este jazmín tardío de febrero
o estas rosas amarradas roja una
y la otra blanca con ese resplandor
de nácar que muda hacia el rosado

pálido pero intenso de los días
últimos del verano que me toca
a mí cerrar como a todas las cosas
de este mundo y quisiera sin chistar
ni lágrima ni queja dejarme ir
feliz en su belleza y en su plena
certidumbre de haberse todo hecho
en el preciso momento del adiós

donde la audaz corona de la danza
que hoy termina se abra en reverencia
y sea el silencio aplauso entre las cosas
dispuestas a la dicha de vivir
y de esfumarse como el arte más
sutil del bailarín en su acrobacia
que rasga el aire y sabe entregarse
a él a tiempo una vez y siempre

Inédito

Claudia Masin


















Detrás de la puerta

En las noches de Marrakesh, los hombres viejos
que me llevan a recorrer la ciudad
y esperan que los guíe, terminan inexorablemente
perdidos. Tal vez sólo sé un camino,
y los demás son rodeos
que convergen en él. No tengo preguntas,
la certeza es un sitio donde me crío a mí misma,
como si yo fuera una hija mía. ¿Ves? me digo,
aquí están las imágenes de tu vida,
desfilan como en una película muda,
las películas mudas son aburridas. No importa
demasiado tu vida. ¿Ves? aquí tu casa, tus padres,
las cosas que olvidaste en las mudanzas,
no importan demasiado tus cosas. Podrías ser
cualquiera, podrías no existir, una sirena
dibujada en un libro de mitos. Escuché la historia
de un grupo de exploradores en la Antártida:
iban a vivir un año en el medio de la soledad
y el frío para estudiar la zoología, la botánica,
el clima. El barco de rescate chocó contra un témpano
mientras viajaban para llevárselos
a Europa de regreso. Pasaron inviernos enteros
en el refugio, una casita noruega que ellos mismos
habían construido en el medio
de un país de hielo. Se inventaron
una vida cotidiana, distribuyeron
las tareas y esperaron. Uno de ellos escribió
en su diario: llegué a olvidarme de que tenía un rostro.
Sólo sobrevivía para estar presente en el momento
en que un improbable barco fantasma
asomara entre las olas.
Así es como todo se borra,
la propia voz, el propio cuerpo, cuando alguien
tiene que llegar hasta nosotros
y no llega. El azar es ecuánime -solías decir-
todos encontramos al menos una vez
lo que siempre hemos buscado. Ya no te creo:
el azar, por definición, es injusto. Hay
una vez, sí, pero una sola, y lo demás es el deseo
de que vuelva.

de La vista, Visor, Madrid, 2002


La piedra


Cuando se es niño se respira como las plantas pequeñas,
y el aire más escaso es suficiente. Se vive como las piedras,
trasladadas por corrientes o desprendimientos -fuerzas exteriores,
elementos sobre los que no se tiene poder ni conciencia hacia lugares

---------------------------------------------------------------------------- /nuevos.
¿Qué peligros y terrores no habremos conocido entonces,
cuando las manos amadas nos ponían en movimiento, hacia qué ríos

--- ------------------------------------------------------------------------- /furiosos,
a qué pendientes donde íbamos a perdernos habremos sido arrojados,
en qué avalanchas habrá quedado parte de nuestra materia? ¿Y si todo
lo que quisiéramos decir ya estuviera escrito en esa piedra
que otros moldearon como el viento?



La mudanza

Hay un amor al extravío en todas las personas extraviadas,
a la larga uno levanta su casa donde resulta que ha caído:
arena, agua, barro, tierra firme. ¿Pero y si resultara
posible la mudanza, si el movimiento
no fuera una explosión que de improviso
transporta las moléculas de un cuerpo
de un lugar a otro lugar, si el movimiento fuera
desprenderse como se desprende una gota de una rama,
si fuera algo así de lento, así
de irreversible?


El nudo

Porque no va a ser posible, a menos que pueda amarte, amar
a quien sea. Porque es un nudo escurridizo el amor, que se desliza
de mis manos a las tuyas, y no hay culpa ni condena en esa fuerza
desmedida que me arranca el deseo de vivir, es el mismo poder
que de repente hace que la tierra se convulsione
o estalle una caldera, pura presión de los elementos,
sin intervención de voluntad alguna. Es el amor el estallido que me

----------------------------------------------------------------------------/ resta,
pero es uno que no trae violencia. Pensemos en el rocío cuando cae,
desmembrada el agua en mil haces pequeños,
pensemos en la curva de la luz descomponiéndose en colores en el cielo,
en las estrellas fugaces y su rápida aparición
y desaparición, en las cosas que intensa y suavemente
se abren y despliegan su potencia. Así el amor
que está encerrado y se resiste a morir sin abrazarse a la materia,
sin tocarte una vez para dejarme libre, roto el hechizo
como se ha roto y recompuesto ya mil veces
mi confianza en un contacto entre dos cuerpos
donde el calor se expanda sin quemar e irradie
su resplandor sobre la vida, como una hoguera modesta,
hecha con pocos leños, pero duradera.

Inéditos

Santiago Rouaux
















Hilario

¿Te acordás de aquel año, Clara,
en que se secaron los álamos del monte
que rodeaba la casa, y todas las hojas del mundo
cayeron sobre nosotros? No estábamos en otoño,
era pleno verano, pero igual caía la hojarasca,
sin peso, y apoyada en el lomo del viento
como nos pasa a todos al caer.

¿Te acordás
que un minuto después del almuerzo,
la familia entera se agolpaba en el cobertizo,
dispuesta a presenciar aquel milagro?
¿Recordás cómo los más pequeños,
reclutados y obligados a la siesta,
asomaban también sus narices a la ventana,
y los mayorcitos trepaban las ramas de los árboles,
buscando las mejores
vistas del parque?

Nosotros dos, mientras tanto,
aprovechábamos la distracción para abrazarnos,
porque nadie podía vernos, embebidos como estaban
en la contemplación de aquel cuadro. Durante ese rato
------------------------------------ / –súbito o eterno–
no se pronunciaba una sola palabra. Supongo que la maravilla
les robaba a todos el aliento. Y a vos y a mí
más que a ningún otro.

Cada tanto, la ventisca de la tarde,
conocedora de muchos parajes, amainaba. Los árboles
dejaban de agitar su fronda, y a nuestro alrededor
todo cesaba de girar ¿Pero qué era para nosotros
el movimiento, qué importaba que algo yaciera
o flotara, si el mundo y sus reglas
nos habían abandonado?

La escena era siempre
más o menos la misma. En algún momento uno de mis tíos,
agobiado por la belleza, rompía el pacto de silencio: Miren aquélla
------------------------------------------------------ / –decía,
señalando una hojita rezagada–, miren cómo cae, cómo
-----------------------------------------/ trastabilla en el aire,
parece que bailara borracha.
Y como todos sonreían, saciados
-----------------------------------------------------/ y alegres,
mi tío continuaba su parlamento, sobre este u otro tema.
Que nadie lo escuchara, no era por supuesto
ningún inconveniente.

Los familiares, en tanto,
iban saliendo del ensueño. Uno detrás del otro,
se reintegraban a sus tareas domésticas. Las madres
despertaban a los niños, que corrían a meterse en sus camas
----------------------------------------------/ y fingían
el fastidio del recién levantado, restregándose los ojos.
Los varoncitos bajaban de las ramas, salvo alguno
que conciliaba siempre el sueño. De la cocina,
brotaba el olor del pan y la canela. Y tu papá
y el mío, intercambiaban miradas cómplices
buscando la manera de evadir los trabajos.

¿Te acordás
que fueron nuestras familias las que planearon
aquel pequeño retiro a la estancia El Apeadero, y que todos
estaban radiantes de alegría, porque el plan salía a la perfección:
las abuelas cambiaban sus recetas, los niños se trenzaban
en juegos o peleas, y por si esto fuera poco,
cada mediodía nos era permitido
aquel espectáculo del monte?

¿Te acordás que fueron tantas
las hojas caídas, que terminaron por taparse las canaletas del
--------------------------------------------------- /desagüe,
y el parque quedó hecho una ciénaga? ¿O fue nuestra casa
la que desbordó? ¿No fuimos también nosotros,
saciados por la brisa que respirábamos, aquel oro
que ninguna alquimia
igualaría nunca?

De esto que te cuento, Clara,
pasaron muchos, muchos años. Espero todavía recuerdes
cómo tu familia y la mía, nos dieron sin saberlo
el mejor regalo de nuestras vidas.


Clara

En las afueras del pueblo, adentrándose un poco
entre unos altísimos eucaliptos,
había una pequeña laguna, a la cual íbamos a pasar
las tardes en el verano. Creo –aunque mi memoria
no es la de entonces– que habíamos llamado al lugar
Laguna de la Gallareta, por esos simpáticos animalitos
que la habitaban. Por supuesto, no se trataba de un paraíso
ni mucho menos, pero estando juntos
¿qué nos importaba?

Para llegar a nuestros encuentros, yo decía en mi casa
que iba al Club Social, que había reunión de maestras
de la Escuela Número 18. ¿No mencioné acaso
que ése era mi oficio? Lo cierto
es que nunca me habían gustado los asuntos educativos,
y un día –sin saber bien cómo–, me vi al frente de un grupo
de niños revoltosos. En mis horas, dejaba que los alumnos
------------------------------------------------ /eligieran
qué leer y qué estudiar. Por supuesto, ninguno estudiaba
absolutamente nada. Correteaban en círculos por el aula,
haciendo planear aviones de papel, o tirándose las tizas
unos a otros. Aquel trabajo me duro poco, muy poco,
como era de esperar.

Qué estrategia usabas vos
para escaparte de la estancia a la que tu padre
te había mandado a trabajar, nunca lo supe. Pero jamás faltabas
a una de nuestras citas. Aquel pacto nunca se rompió,
y seguimos yendo a la laguna durante años,
aun cuando ya no hizo falta
cuidarnos de las malas lenguas,
ni salir a hurtadillas de nuestras casas.

Pero no nos distraigamos. De lo que quiero hablar
es de la laguna. Hicimos costumbre
de esos encuentros secretos. Llegábamos al lugar
con las primeras luces del mediodía, porque era la única hora
en que la calma era absoluta. En el pueblo, los vecinos dormían
--------------------------------------------- /su siesta,
y hasta los cuatro o cinco patos que habitaban la laguna
se retiraban a zonas más apacibles, a resguardo del calor.
Ese repentino desalojo, creaba en nosotros una profunda
sensación de intimidad. Y todos conocen las imprudencias
que eso sugiere a dos enamorados.

En la laguna corría un viento distinto
al de cualquier otra parte. Qué páramos recorría en su trayecto,
era un verdadero misterio, porque traía consigo
cientos y cientos de panaderos,
que flotaban alrededor nuestro
como planetas. Cuando se está en presencia
de un panadero –todo el mundo lo sabe–,
hay que pedir un deseo, retirar el corazón,
que consta de una semilla, y dejar que el viento
se lleve el resto.

Así hicimos nosotros
con cada una de esas flores del aire. Tan deslumbrados
llegamos a estar con nuestra tarea, que si salía la primer estrella,
no lo notábamos. En algún momento, las luces del pueblo
empezaban a prenderse, y aquélla era nuestra señal para saber
–no sin alguna reticencia– que había llegado la hora
de volver a nuestras casas.

No estés triste, Hilario. Todavía estamos
en aquel sitio. ¿No ves cómo mi torso se enreda
en tus brazos enormes? ¿Cómo nos decimos
uno al otro: Aún no es de noche, son tus ojos
que te engañan?
Nada de esas tardes se ha perdido.
¿No ves cómo flotan a nuestro alrededor
miles de panaderos? Cada cual transporta
el deseo que le confiamos. Y en algún lugar
–estoy segura– alguien los escucha
uno tras otro... y toma nota.

Inéditos, de la serie Hilario y Clara

Eran tres los que leían


Eran más los que escuchaban















martes, 19 de agosto de 2008

martes, 12 de agosto de 2008

Daniel Oblitas


















Avísame si algo te pica

que yo puedo con mucho gusto
ir a rascarte

si la noche está muy oscura
y se te antojan dulces
con almendras y frutos raros de mi bosque
puedes encantarte

deja de pensar en quien tiene la espada
más filosa
y disfruta como te peino los cabellos

Entre los cuadros de vidrio

que reflejan brillo halógeno
esta ella con su traje espacial
queriendo poseer las melodías

con ganas de acercarse
los amos de las luces
danzan a su alrededor
pero no la miran
tratando de hacerle creer
que le son indiferentes

segura de no acalorarse
ella se adorna
con movimientos
dóciles y audaces
para después devorar
al más sensible

Se pierden a veces las llaves

te encuentras cara a cara con tu puerta
desafiante cerrada con la manija quieta
ves a través de sus vidrios
escalones de mármol baldosas blancas
el ascensor que te hace olvidar las escaleras

¿estarán meciéndose en la rama del árbol
o estáticas en la arena?

impotente ante tal hecho
me veo obligado a tocar el timbre
todos despertaran y verán que hoy
vengo con alas de papel celofán

y una enorme campana con sonido lento

Inéditos