viernes, 22 de agosto de 2008

Santiago Rouaux
















Hilario

¿Te acordás de aquel año, Clara,
en que se secaron los álamos del monte
que rodeaba la casa, y todas las hojas del mundo
cayeron sobre nosotros? No estábamos en otoño,
era pleno verano, pero igual caía la hojarasca,
sin peso, y apoyada en el lomo del viento
como nos pasa a todos al caer.

¿Te acordás
que un minuto después del almuerzo,
la familia entera se agolpaba en el cobertizo,
dispuesta a presenciar aquel milagro?
¿Recordás cómo los más pequeños,
reclutados y obligados a la siesta,
asomaban también sus narices a la ventana,
y los mayorcitos trepaban las ramas de los árboles,
buscando las mejores
vistas del parque?

Nosotros dos, mientras tanto,
aprovechábamos la distracción para abrazarnos,
porque nadie podía vernos, embebidos como estaban
en la contemplación de aquel cuadro. Durante ese rato
------------------------------------ / –súbito o eterno–
no se pronunciaba una sola palabra. Supongo que la maravilla
les robaba a todos el aliento. Y a vos y a mí
más que a ningún otro.

Cada tanto, la ventisca de la tarde,
conocedora de muchos parajes, amainaba. Los árboles
dejaban de agitar su fronda, y a nuestro alrededor
todo cesaba de girar ¿Pero qué era para nosotros
el movimiento, qué importaba que algo yaciera
o flotara, si el mundo y sus reglas
nos habían abandonado?

La escena era siempre
más o menos la misma. En algún momento uno de mis tíos,
agobiado por la belleza, rompía el pacto de silencio: Miren aquélla
------------------------------------------------------ / –decía,
señalando una hojita rezagada–, miren cómo cae, cómo
-----------------------------------------/ trastabilla en el aire,
parece que bailara borracha.
Y como todos sonreían, saciados
-----------------------------------------------------/ y alegres,
mi tío continuaba su parlamento, sobre este u otro tema.
Que nadie lo escuchara, no era por supuesto
ningún inconveniente.

Los familiares, en tanto,
iban saliendo del ensueño. Uno detrás del otro,
se reintegraban a sus tareas domésticas. Las madres
despertaban a los niños, que corrían a meterse en sus camas
----------------------------------------------/ y fingían
el fastidio del recién levantado, restregándose los ojos.
Los varoncitos bajaban de las ramas, salvo alguno
que conciliaba siempre el sueño. De la cocina,
brotaba el olor del pan y la canela. Y tu papá
y el mío, intercambiaban miradas cómplices
buscando la manera de evadir los trabajos.

¿Te acordás
que fueron nuestras familias las que planearon
aquel pequeño retiro a la estancia El Apeadero, y que todos
estaban radiantes de alegría, porque el plan salía a la perfección:
las abuelas cambiaban sus recetas, los niños se trenzaban
en juegos o peleas, y por si esto fuera poco,
cada mediodía nos era permitido
aquel espectáculo del monte?

¿Te acordás que fueron tantas
las hojas caídas, que terminaron por taparse las canaletas del
--------------------------------------------------- /desagüe,
y el parque quedó hecho una ciénaga? ¿O fue nuestra casa
la que desbordó? ¿No fuimos también nosotros,
saciados por la brisa que respirábamos, aquel oro
que ninguna alquimia
igualaría nunca?

De esto que te cuento, Clara,
pasaron muchos, muchos años. Espero todavía recuerdes
cómo tu familia y la mía, nos dieron sin saberlo
el mejor regalo de nuestras vidas.


Clara

En las afueras del pueblo, adentrándose un poco
entre unos altísimos eucaliptos,
había una pequeña laguna, a la cual íbamos a pasar
las tardes en el verano. Creo –aunque mi memoria
no es la de entonces– que habíamos llamado al lugar
Laguna de la Gallareta, por esos simpáticos animalitos
que la habitaban. Por supuesto, no se trataba de un paraíso
ni mucho menos, pero estando juntos
¿qué nos importaba?

Para llegar a nuestros encuentros, yo decía en mi casa
que iba al Club Social, que había reunión de maestras
de la Escuela Número 18. ¿No mencioné acaso
que ése era mi oficio? Lo cierto
es que nunca me habían gustado los asuntos educativos,
y un día –sin saber bien cómo–, me vi al frente de un grupo
de niños revoltosos. En mis horas, dejaba que los alumnos
------------------------------------------------ /eligieran
qué leer y qué estudiar. Por supuesto, ninguno estudiaba
absolutamente nada. Correteaban en círculos por el aula,
haciendo planear aviones de papel, o tirándose las tizas
unos a otros. Aquel trabajo me duro poco, muy poco,
como era de esperar.

Qué estrategia usabas vos
para escaparte de la estancia a la que tu padre
te había mandado a trabajar, nunca lo supe. Pero jamás faltabas
a una de nuestras citas. Aquel pacto nunca se rompió,
y seguimos yendo a la laguna durante años,
aun cuando ya no hizo falta
cuidarnos de las malas lenguas,
ni salir a hurtadillas de nuestras casas.

Pero no nos distraigamos. De lo que quiero hablar
es de la laguna. Hicimos costumbre
de esos encuentros secretos. Llegábamos al lugar
con las primeras luces del mediodía, porque era la única hora
en que la calma era absoluta. En el pueblo, los vecinos dormían
--------------------------------------------- /su siesta,
y hasta los cuatro o cinco patos que habitaban la laguna
se retiraban a zonas más apacibles, a resguardo del calor.
Ese repentino desalojo, creaba en nosotros una profunda
sensación de intimidad. Y todos conocen las imprudencias
que eso sugiere a dos enamorados.

En la laguna corría un viento distinto
al de cualquier otra parte. Qué páramos recorría en su trayecto,
era un verdadero misterio, porque traía consigo
cientos y cientos de panaderos,
que flotaban alrededor nuestro
como planetas. Cuando se está en presencia
de un panadero –todo el mundo lo sabe–,
hay que pedir un deseo, retirar el corazón,
que consta de una semilla, y dejar que el viento
se lleve el resto.

Así hicimos nosotros
con cada una de esas flores del aire. Tan deslumbrados
llegamos a estar con nuestra tarea, que si salía la primer estrella,
no lo notábamos. En algún momento, las luces del pueblo
empezaban a prenderse, y aquélla era nuestra señal para saber
–no sin alguna reticencia– que había llegado la hora
de volver a nuestras casas.

No estés triste, Hilario. Todavía estamos
en aquel sitio. ¿No ves cómo mi torso se enreda
en tus brazos enormes? ¿Cómo nos decimos
uno al otro: Aún no es de noche, son tus ojos
que te engañan?
Nada de esas tardes se ha perdido.
¿No ves cómo flotan a nuestro alrededor
miles de panaderos? Cada cual transporta
el deseo que le confiamos. Y en algún lugar
–estoy segura– alguien los escucha
uno tras otro... y toma nota.

Inéditos, de la serie Hilario y Clara

5 comentarios:

Agustin dijo...

-Aún no leí el de Clara-

Qué tristes son esos recuerdos,
dónde todo el mundo ríe y parece detenido
en el tiempo
como una caricatura.

La Nostalgia es un sentimiento agridulce.

Agustin dijo...

Qué fuerte vínculo el que uno tiene con otra persona, cuando guardan entre sí recuerdos íntimos de la infancia o la adolescencia.

Yo creo que el amigo, nos habla de nostalgia, intimidad, y del pasado, de una forma tan alegre, que nos pianta un lagrimón...

ah, y es el má' gaucho de lo' gaucho...

Juancho dijo...

Santi Mostro, te Felicito, man. Me compenetré mal. Me cabe a pleno cuando mis amigos son artistas.
Un gran abrazo

Diego dijo...

Santi, que lindo! me encantaron los planetas panaderos y el movimiento que con el amor se detiene! "que importaba que algo yaciera o flotara si el mundo y sus reglas nos habian abandonado"... Hermoso!

alu dijo...

hermosos poemas
magia

Saludos