
lunes, 28 de abril de 2008
lunes, 21 de abril de 2008
Teresa Arijón

En el fondo de un pozo
cuya boca ha sido tapada desde afuera
sin un resquicio que permita la entrada de la luz
un hombre, solo, con una botella de agua.
Debe meditar, si puede, sobre la impermanencia de las cosas
pero en cambio elige adivinarse las uñas de los pies.
Ha fracasado en todo: ni el amor,
ni la pura poesía en estado salvaje,
ni el ideal paupérrimo de una vida dedicada al arte.
Tiene cuarenta años y no puede mirar hacia adelante,
tampoco hacia atrás. (El pasado
es una cortina de humo sobre todas las cosas;
su sola noción opaca los usos del presente,
en cierto modo lo desanda.)
En el fondo del pozo, el hombre,
que es chino y está a punto de morir pero no (y él lo sabe),
imagina que enciende un fósforo;
siente en la yema de los dedos la aspereza
de la pólvora: el fulgor repentino que lo fascinó en su infancia
es ahora, en el pozo, un sueño sin dimensión.
(Un fantasma sin cara, él mismo sin su aspecto.)
En el fondo del pozo el hombre podría ser cualquiera,
sumirse en la historia colectiva como quien cava una fosa común.
Ser víctima o verdugo: ha perdido los límites. Desconoce
el peso permanente que arrastra sobre sí.
Él quisiera dejarse deslizar por la vía más fácil:
hacer de sus sentidos afilados un aquí y un ahora.
Pero sólo conoce aquello que lo espera: el hambre, la sed.
Como un monje suicida o destinado a la automomificación,
el hombre —que antes tuvo una esposa, a la que amaba—
querría tener ahora, en el pozo, una campana.
Una campana de tañido minúsculo para anunciar que
---------------------------------/ /todavía sigue vivo.
En sus horas de miedo dice palabras sueltas, destajos de un poema
que no sabe o no quiere recordar. Pasa la yema del pulgar
------------------------------- /por los labios resecos. Supone
que sería más fácil dejar de respirar.
En el fondo del pozo el hombre quisiera ser juez de su propia vida
e inclinar el platillo hacia el lado de los inocentes,
los que sin más que su paciencia resignada esperan
las tramas infinitas.
Pero sabe que de algún modo es culpable
de estar allí sentado, solo,
en la extrema oscuridad.
De La vida nueva, inédito; 2006
Amor
para B.B.
i.
No cabía en sus manos, no cabía en sus pies, no cabía en su alma cuando vino. Como una cebra montaraz, pequeña, como el pelaje de una oveja descarriada. Como escribir un poema en la mañana fría; como no escribirlo y dejar que suceda.
ii.
Deshizo para siempre el emblema de la memoria e incendió las tierras alambradas, buscó el néctar pasado entre el humo, y no encontró nada. Antes de irse, rompió el cántaro y selló la fuente.
iii.
Vino y trajo el mundo nuevo, y hablamos de ciudades como cartas marcadas, de Praga y de Lisboa y del tren que nos llevaría a Cascais mientras leíamos, como si fuéramos un poeta cetrino y su fantasma. Como si fuéramos la piedra y la honda. La taza de plata de la que bebe el ogro y la medalla de oro que luce la ogresa. Lo que oculta y nombra. Lo que nombra y lleva.
iv.
Vino como el tumulto salvaje del corazón salvaje, y me hizo conocer el relámpago y la selva verdadera, y olimos el aire de una gruta donde duermen murciélagos centenarios. Vino para hacerme tocar el río austero, enemigo y reflejo del cielo. Vino para nombrar a Héspero, la mirada del vigía en la tormenta, el filo del cuchillo en la penumbra de una casa ajena. Vino para secar el mar amargo, para que la sagrada espesura del bosque vuelva a cerrarse. Para que el lobo rompa su clausura como quien congela el metal de un candado y lo parte en dos.
de Poemas y animales sueltos, 2005
(...)
soy el que no nació y espera, como quien huye,
el destino grabado en su mano.
Y su mano no es sino una figura más en la pampa
para siempre agreste
de palma abierta contra el viento.
(...)
soy el que no nació y busca en la piedra su elemento,
la intrépida violencia que lo incruste
en su altarcito de santo popular
(mientras al sur del mundo, un viejo campesino
deja atrás lo que conoce: las tardes
con la silla de paja al sol,
el mantel a cuadros blancos y verdes, su sombrero).
(...)
soy el que no nació y reconoce
los bordes de las cosas: un continente de opacidades exuberante
donde de tanto en tanto desentierran
una punta de lanza,
tientos, sogas podridas,
la luz mala en los huesos de un pie.
inédito, 2007, probablemente Tamborcito Tacuarí
Paula Jiménez

Un arroyo que surca
la arena en el mar muere, ¿o es el mar
que hacia él va?
Dos chicos se zambullen arrojados
desde los pastizales,
eligen la dulzura de estas aguas
al frío y brusco impacto de las olas.
Todo es nuevo a sus cuerpos: el rayo de la tarde,
el roce de sus pieles vigorosas, tirantes
como las de los peces.
El fluir del arroyo no los empuja al mar,
el mar se rinde a ellos y se opone
al traer a sus bocas un regusto salado,
y a sus manos
plaquetitas de nácar que tamizan
con el suave aleteo de sus dedos.
Al rato salen juntos y caminan la playa
caliente todavía.
Van donde cae la tarde, donde una roca es
un sitio para el largo cavilar
del pescador.
Un paisaje lunar. Las piedras blancas
fulguran en la noche y el vacío
entre ellas cobija oscuridad.
El día terminó
sumergido en el agua
un sol anaranjado fue dejando
estelas de radiantes colores que morían
sobre nuestras cabezas.
Debajo nos supimos pequeñísimas,
difusas como el nácar
que juntamos por la tarde y se deshizo
en nuestras manos. Todo es así.
De pronto, tan lejos de la casa
incierta, este paisaje
se vuelve material. Una extrañeza
es el mundo conocido, la ilusión
de haber estado acá
toda la vida, bajando esta barranca.
Al mirar las cabañas encenderse
el pueblo va tornándose una ruta
de foquitos aislados,
titilantes. Esta es la costa frágil
donde yo te recuerdo,
igual de vacilante que la noche
bajo una luz real.
A Pier Paolo Passolini
Por la costa rocosa, como una aparición
se asoma entre el oscuro celaje de la tarde,
detrás un mar revuelto y plata le confiere
cierto halo irreal. Su andar sereno traza
un camino en la arena que empieza a humedecerse,
son huellas regulares
y plenas, de un paso sin sigilo. Balancea sus brazos,
sueltos y relajados,
mientras, alrededor, se anuncia la tormenta.
No parece importarle. La tarde se ennegrece,
arremolina el soplo ligero del ocaso
y se pierde en el agua, blandamente.
Mientras leo Teorema, sobre nosotras
golpes bruscos de arena
y viento. Después, dejo al libro volver
sus caras amarillas contra la lona a círculos
reflejada en tus lentes. Miro tu piel cetrina
por donde se desliza mi mano solitaria
(táctil, mi última memoria
es la áspera hoja del capítulo cinco).
Casi sin advertirnos, una familia busca
caracoles, piedritas comunes en la orilla
y sus siluetas erigidas rompen
el panorama lineal del horizonte.
Joaquín Oreña

en realidad
f(x)
habrá de ser
la función humana incompleta
porque existe el deseo
una posibilidad
que se expande
sobre palabras y actos
deja una marca indómita
interpretable para los demás
como esos pájaros
que vuelan por las noches
de un destino a otro
precisan del cielo monocromo
acuciante sobre sí
para que recorte sus siluetas
y sean reconocidos
en el viaje
ipanema congelada
nos haría pensar
que la continuidad del mundo
depende de los amantes
una mirada fija
los ojos en los ojos
o el sonido inquietante del viento
penetrando al interior silencioso
de una habitación
pero ahora
que ya no nos vemos más
cómo serán tus días?
es qué acaso
la saliva guarda un poco
de nuestro material genético?
nadie sabe como será la experiencia del hielo
para los habitantes del trópico
en realidad
sólo observamos lo que es parte
de nuestro propio interés
el reincidir
es como atravesar un mapa de mil mesetas
donde el cuerpo
permanece
muchas horas despierto
y construye
cartográficamente
su terrible artefacto
Cielo
el verdadero mar
es frío y negro
lleno de animales
existe
bajo una delgada
película verde
hecha para engañar a las gentes
propagándose
como una justicia inexorable
contacto
en París
¿ la historia
guarda
la mirada de las mujeres
haciéndonos ?
en un extraño amor
el tiempo
adquiere otro carácter
a lo mejor
el infierno sería
como tener
las manos y muñecas
maniatadas
en tus años mozos
en el inicio
de una película estadounidense
sobre carreteras
me imagino
un hombre yendo hacia el horizonte
y el sol
¿ pero
qué materialidad novel estrellada
guardan las cenizas
qué no pueden ser consumidas
en el incendio ?
Inéditos




